Desencuentros

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Hace años que escribo. Cuentos, comeduras de tarro, paranoias, textos incomprensibles. Nunca he escrito para ser leída. Sólo era una obsesión que ocupaba mis minutos de soledad y que me mantenía cuerda. Ahora, me decido a compartirlo con vosotros... porque compartir es amar.

Desencuentros. Cuarta parte. Él. Se detiene el tiempo


Photo by Iker Iglesias

Dejo que me invada la luz durante horas, esperando que ocurra algo que me haga salir de este sopor. Me siento aquí, sólo, mirando al infinito e intento recordar qué razones me han llevado a estar donde estoy. Intento recordar porqué o cómo o hacia dónde voy.

Me bloqueo cuando rebobino hasta el pasado. Me bloqueo y me quedo girando una y otra vez alrededor de los mismos momentos, de los mismos reproches, de esa rutina velada, disfrazada de amor, de estabilidad, de equilibrio. De esos días sin fin en los que todo se repetía hasta el asco. El mismo café, la misma taza verde descascarillada, los mismos besos apresurados en la nuca, el trabajo, la bici, los amigos, los mismos bares, los mismos horarios, las mismas conversaciones absurdas, el mismo sofá, las mismas noches de televisión y manta de cuadros. Puro tedio. Aburrimiento. Encarcelado en una vida que no recuerdo cuándo elegí. Una vida en la que me empeñaba en mantener el equilibrio, drogada la mente por no sé qué surrealista sustancia que me anestesiaba para no sentir el dolor. Para no sentir nada.

Esos instantes en los que me quedaba sin aire al ver mi propio reflejo en el espejo, atrapado por mi propia mirada que se burlaba de mí desde el otro lado. Esos instantes en los que conseguía ser consciente de mi propia realidad y mi imaginación aventuraba una huída digna a otra vida, a otro lugar, a otro yo.

Ahora, la rutina sigue. El mismo café, el trabajo, los amigos, la bici, los mismos bares. Pero me faltan las noches, me falta la manta de cuadros y el peso de sus piernas sobre mi regazo. Me faltan los besos en la nuca, las conversaciones absurdas, los reproches tópicos y típicos. Me falta su recuerdo. Porque no consigo dibujar sus rasgos en mi mente. Paso las tardes viendo fotografías, encarcelado en su imagen, pero, en cuanto cierro los ojos, sólo me viene a la cabeza el olor dulce de su piel, la sombra lunar de sus gestos y el eco de sus carcajadas.

Desencuentros. Tercera parte. Ella. Caminando en círculos


Photo by Iker Iglesias

Vuelvo a mirar la dirección en la tarjeta mientras acelero el paso. Llego muy tarde así que hago sonar mis tacones por la calle desierta a ritmo de tango. A estas horas no hay nadie por esas callejuelas y para no dar la impresión de miedosa y poquita cosa, camino con rotunda seguridad como si la calle fuera mía y pudiera hacer frente a todo. La mirada al frente, la espalda recta, adelantando la pelvis con aire arrogante. Es sólo una pose, sólo estoy actuando, porque tengo la esperanza de que mi actitud consiga influir en mi estado de ánimo. Aunque sólo consigo engañar los demás, mi subconsciente es menos inocente.

Tuerzo una esquina y me quedo paralizada en mitad de la calle. Una bicicleta. SU BICICLETA. Reacciono instintivamente y vuelvo sobre mis pasos en apenas un suspiro. Me escondo en un portal y asomo la cabeza despacito. Sí, no hay duda, es su bicicleta. Vieja, gris, con la cesta de mimbre, el freno izquierdo roto, el cepo de rallas verdes y rojas, el sillín negro medio roto con la espuma sucia por el uso y la lluvia, los manillares amarillos. Pero… ¿qué hace su bicicleta ahí? Si Él nunca viene a esta zona de la ciudad y en este barrio no vive nadie de su familia ni de sus amistades. Observo la calle y compruebo que ahí no hay nada, ni tiendas, ni bares. Sólo hay un local que conserva el viejo cartel de una tienda de antigüedades, pero lleva vacío con el anuncio de “Se alquila” desde hace meses.

Vuelvo a asomarme, ahora un poco más valiente, puesto que no se nota movimiento en toda la calle. Podría intentar pasar, rezando para no ser vista. Podría, pero mi cuerpo no me obedece y permanece anclado en el suelo como si hubiera echado raíces. Desde hace tres meses, desde que se fue de casa, desde que le envié sus cosas por mensajero a su hermana, no contesto a sus llamadas, borro sus e-mails antes de leerlos y no he vuelto a pisar ningún lugar en el que crea poder encontrármelo. He evitado a nuestros amigos comunes, los sitios a los que íbamos, las tiendas en las que comprábamos, las exposiciones que pudieran interesarle y los conciertos de nuestros grupos favoritos. He evitado hasta ir al cine a ver películas que sé que podrían gustarle. Es como si tuviera en mi cabeza grabado a fuego un mapa de esta maldita ciudad y al traspasar ciertas fronteras imaginarias un montón de sirenas empiezan a sonar dentro de mí.

No puedo verle, todavía no, no me siento capaz de enfrentarme al Él. Todavía no he logrado librarme de su imagen, lo veo por todas partes, reconozco sus gestos en extraños, a veces escucho reír a alguien y me vuelvo sorprendida buscando al dueño de esa risa irónica que tanto me recuerda a Él. Veo una taza y recuerdo su taza verde descascarillada y me viene a la nariz el olor del té con canela que se preparaba cuando leía. Cojo un libro de la biblioteca y cuando voy por la mitad me encuentro una esquinita doblada y recuerdo su manía de doblar las páginas de los libros para marcar por donde iba. Voy en el metro escuchando mi MP3 y se me cuela una de sus canciones folk, a pesar de que creí haberlas borrado todas. Llego a casa por las noches y tengo la sensación de que la huella de su cuerpo sigue en nuestro viejo sofá y estiro obsesivamente la desgastada tela, ahueco los cojines sin descanso. Porque en sueños sigo buscándole por la cama y cuando me despierto, al no encontrarle, me retiro a mi lado, encogida, abrazándome las rodillas y las lágrimas empapan la almohada.  Sé que no puedo verle. Porque me echaría a llorar otra vez, como aquella noche, suplicando una explicación, suplicando amor o cariño, porque me perdería en sus ojos profundos y sería incapaz de negarle nada. Porque me siento perdida desde que se fue, porque no puedo reconocer que no sé vivir sin Él.


Me doy la vuelta y me alejo rápidamente de esa bicicleta que me ha invadido con su gris plomizo. Ya no soy capaz de fingir y ahora camino encogida, con los hombros tristes, las manos en los bolsillos, los ojos llenos de lágrimas, la mirada clavada en el suelo. Se han roto los hilos imaginarios que me mantenían en alto como una marioneta. Ahora sólo me queda un cuerpo vencido.

Desencuentros. Segunda parte. Él. Tu recuerdo en mil pedazos


Photo by Iker Iglesias

Voy a su encuentro y se rompe el mar en mil pedazos. Sigo su sombra, sus curvas, sus gestos, pero en estos blancos y negros me falta su sonrisa luminosa (sí, su sonrisa luminosa, tenía otra melancólica, otra triste y resignada, otra dulce, otra soñadora llena de esperanza, pero la que de verdad añoro es la que iluminaba mis días y mis noches, cuando todavía sabía encontrarla a través del tiempo y del espacio). Cada vez que intento recordarla, la imagino como la última vez que la vi, en aquella playa. Dibujo su silueta a lo lejos, entre la gama de grises. El mar está en calma y Ella camina a lo largo de la orilla, despacio, como sin querer llegar a ninguna parte. Recuerdo los nervios en la boca del estómago, la emoción, el temblor en mis rodillas, mis manos inquietas, la risa tonta que se me escapaba a borbotones. Aquella vez, corrí hacia Ella y nos fundimos en un abrazo, el sabor de la sal en sus labios, su piel olía a mar y a libertad. Ahora, cuando la recuerdo, no soy nadie y como nadie corro hacia Ella pero mi yo invisible no la alcanza, veo mis huellas en la arena pero siempre se me escapa en el último momento. Nunca llego a sus brazos, a sus labios, a su piel, no llego a Ella. Por eso no consigo evocar sus rasgos, su rostro queda invadido de  negros y Ella no logra dejar de ser una sombra, ya no hay sonrisa, ni luminosa ni de las otras. Es en ese momento cuando me estalla el mar como un espejo roto y la imagen se desvanece dejando un hueco en el laberinto de mi mente que ella jamás volverá a habitar.

Desencuentros



Introducción:

Os presento una serie de microrelatos inspirados en seis fotografías de Iker Iglesias (por cierto, gracias Iker, otra vez, por prestármelas). Los seis textos esbozan al final una misma historia, que titulé Desencuentros y que, como ya habréis notado, bautizaron también el blog. Espero que los disfrutéis.

Primera parte. Ella. No es un día cualquiera

 Photo by Iker Iglesias

El estridente sonido del despertador golpea en mi cerebro como un martillo. Tras un momento de sobresalto, vuelvo a buscar postura entre las sábanas, perezosa. Tanteo con la mano a mi izquierda, buscando ese bulto familiar a mi lado. Y recuerdo. Él se marchó. Ya llevo tres meses durmiendo sola. Llevo tres meses buscando la huella de su cuerpo en mi cama cada mañana al despertar.

Me encojo automáticamente, me convierto en una pelota envuelta en sábanas. No quiero volver a levantarme de la cama. No quiero enfrentarme a ese mundo de ahí fuera que ignora que cada noche me duermo de puro cansancio cuando los sollozos amenazan con partirme el pecho. Sólo quiero quedarme debajo de las sábanas blancas y hacerme más y más pequeñita, hasta ser tan sólo un pequeño puntito negro entre tanta pureza. Desaparecer en una inmensidad blanca.

Pero tengo una vida, unas obligaciones, un trabajo. Algo que me mantiene ocupada y que me ayuda a no pensar, por lo menos durante unas horas. Así que me ducho y me visto como un autómata, mis movimientos son rápidos y ágiles pero mi mirada carece de vida. Sólo son gestos inconscientes, aprendidos de tanto repetirlos.

Salgo a la calle y llueve. Parece que el tiempo acompaña mi estado de ánimo y el cielo se presenta con el color de mi alma. Llego a la parada de metro y camino como un zombie por las escaleras mecánicas, los pasillos interminables, bajo la parpadeante luz de los fluorescentes. Observo a los demás, miro alrededor mío y tengo ganas de gritar porque no entiendo cómo el mundo puede seguir en funcionamiento como si no ocurriese nada. No entiendo cómo la tierra sigue girando ajena a mi voluntad. Me abro camino entre la gente y me siento diferente a ellos. Ellos tienen un propósito, una alegría evidente y no caminan por los pasillos del metro vacíos, tristes y solos.

Cubalibre


Ya casi ni recuerdo cómo comenzó todo. Creo que fue una de esas tardes tranquilas, en las que sólo estaban en el bar los clientes de siempre. Una de esas tardes en las que el camarero mata el rato leyendo el periódico y haciendo crucigramas.

Yo estaba en el frigorífico, con el resto de mis compañeras, escuchando las voces de la gente y el murmullo del lavaplatos, esperando salir a escena. Desde ahí dentro lo oí y supe que había llegado mi momento: “Ricardoooo, una coca-cola cuando puedas!!!”.

Me preparé, me puse bien tiesa, sacando pecho, casi sin respirar, esperando a que Ricardo abriera el frigorífico y me eligiera. Creo que en ese instante, mi corta vida pasó delante de mis ojos, desde el mismo momento en que nací, en aquella vieja fábrica hasta que tras unos cuantos controles de calidad y unos cuantos magreos, me metiesen en una caja de plástico, y la caja en un camión y el camión a toda velocidad por la autovía y llegase al almacén del bar donde viviría durante dos semanas, antes de pasar a engrosar las filas de las elegidas en el frigorífico.

Se abrió la puerta, vi una luz cegadora y noté como Ricardo tanteaba con los dedos hasta agarrarme por el cuello, lanzándome al vacío y aterrizando otra vez en la palma de su mano, con sus dedos apretados alrededor de mi cintura. Ahí estaba yo, la decimotercera unidad del lote 30.07.09.05.54, reluciente, fresquita con la etiqueta bien pegada a mi barriga con sus letras resplandecientes sobre el rojo brillante. Justo en ese instante, mi destino se truncó. Sonó el teléfono y Ricardo se fue trotando a cogerlo conmigo en su mano. Las cosas empezaron a torcerse, Ricardo empezó a gesticular y yo notaba como el estómago se me venía a la garganta como si fuese a explotar, me zarandeó, me agitó y finalmente me utilizó para señalar a algo imaginario que sólo él veía en su mente. Cuando finalmente colgó el teléfono, yo me encontraba mareada y exhausta, me miró sin mucho interés, me dejó en un estante y cogió del frigorífico otra botella. Nada más y nada menos que a la decimocuarta de mi mismo lote, la cual siempre había sido una mala pécora y una envidiosa. Ahí estaba con mis dientes rechinando de impotencia mientras aquel mal bicho se llevaba MI MOMENTO y me miraba de refilón con soberbia.

Así que ahí me quedé, en ese estante, esperando que llegase otra oportunidad.  Los primeros días, cuando el bar cerraba, ni siquiera hablaba con los que tenía alrededor. Me decía a mí misma que no debía hacer amistades, porque esos entre los que me encontraba no eran de mi clase. Sólo eran unos sucios borrachos, llenos de alcohol, dedicados a una vida licenciosa y sin sentido. Ahí estaba la ginebra, el vodka, el tequila, el ron… No podía tener nada en común con ellos. Así que me empeñé en mantenerme silenciosa y pasar desapercibida. Rogaba a Dios (al dios de las coca-colas, ese viejillo bonachón de barba blanca y vestido de rojo) que Ricardo se acordase de mí y volviese a meterme en el frigorífico con mis amigas y hermanas, pero los días pasaban y no parecía que nadie se percatase de mi insignificante presencia.

Tras unas semanas descubrí que desde ese puesto privilegiado en primera fila, mi vida era muchísimo más divertida. Podía verlo todo: a los currelas que iba a tomar el café a las mañanas, a las cuadrillas con sus vinos, a las marujas con el mentapoleo y la partida de brisca y las noches,…las noches eran increíbles. El bar se transformaba y había un millón de luces de colores, la música sonaba a todo volumen y la gente reía, bailaba, hacía bromas. Algunos se emborrachaban hasta que casi no podían mantener el equilibrio, otros buscaban en la multitud alguien con quien hablar, otros desaparecían enlazados hacia los baños, otros cruzaban expresivas miradas desde un extremo a otro del bar, otros se sentaban en la barra, solos, con la mirada fija en su vaso. Y yo desde mi estante lo observaba todo y lo aprendía todo. Era feliz, aunque me pesaba el hecho de permanecer ahí indefinidamente, de no tener ya metas, de que nadie me eligiese. Pero, al fin y al cabo, quién iba a querer a una pequeña botella de Coca-Cola caliente abandonada a su suerte fuera del frigorífico.

Con el tiempo empecé a encontrar gracioso el acento del El Cuervo, sin querer se me escapaba la risa cuando decía aquello de “me lleva la chingaaaada” y la verdad es que comenzaron a caerme bien esos con los que aparentemente no tenía nada en común. Sólo Absolut me seguía pareciendo borde y seco. Pero con las bromas de El Cuervo disfrutaba y me encantaba hablar con Larios, puesto que nos dedicábamos a cotillear y a ponerles verdes a todos, su lengua afilada no tenía rival. Havana al principio apenas hablaba, pero cuando lo hacía, su voz sonaba suave y a la vez un poco ronca y con ese acento cubano, me decía tales piropos que notaba cómo toda entera me ponía del color rojo brillante de mi etiqueta.

Poco a poco me di cuenta de que Havana había comenzado a gustarme. Me miraba con aquellos ojos brillantes por el alcohol, con su color dorado y me hablaba de su tierra, de aquella Cuba que abandonó perseguido por no cooperar con el sistema, me hablaba de los helados de mantecado y de los ritmos improvisados en cualquier esquina. A las noches hablábamos en voz baja durante horas, muy juntitos, casi tocándonos. Veíamos como la luz invadía lentamente el local al amanecer y hacía brillar la oscura madera. Yo pasaba las horas mirándole y soñando, me preguntaba si él y yo podríamos alguna vez enredarnos como aquellos que desaparecían de camino al baño en los rincones oscuros. Me preguntaba si el mundo nos dejaría vivir juntos para siempre.

Pero la realidad se imponía por si sola. Estaba claro cómo los humanos se enamoraban, se besaban, se casaban, tenían familia. Pero nuestra condición nos limitaba: no teníamos labios para besarnos, no teníamos brazos para acariciarnos, no podía imaginarme cómo podríamos llegar a una intimidad similar. Yo observaba fascinada a las parejas que iban al bar, como ellos les rodeaban la cintura con los brazos, acariciándolas tímidamente la cintura por debajo de la camiseta, como cerraban los ojos y acercaban sus labios, como entrelazaban sus leguas ávidas. Vi miles de besos, cada uno diferente, unos húmedos, otros tiernos, unos leves como alas de mariposa, otros profundos, vi mordiscos, lametones, intentos torpes de adolescentes, besos de película en los que la muchacha de turno se quedaba sin respiración y le temblaban las rodillas. Y desde mi puesto en el estante, con la etiqueta un poco amarillenta ya, llena de polvo, vieja y decrépita, deseaba… Quería sentir lo mismo que ellos, a pesar de que sabía que era imposible. Me imaginaba como una chica vestida de rojo de cuerpo escultural, y con Havana con su piel dorada, mirándome enamorado. Havana me acariciaría el pelo negro, me clavaría esos ojos ardientes, declararía su amor eterno y me propondría escaparnos juntos a Cuba, a su patria perdida. Sólo eran sueños tontos de una botella de la que nadie se acordaba, pero me gustaban esos sueños y me hacían feliz.

Una noche, cuando el bar estaba lleno de gente divirtiéndose, Ricardo me vio, sorprendido, me cogió bruscamente y me metió al frigorífico otra vez. Yo grité y grité para que me sacasen de allí, mientras el resto de botellas de Coca-Cola intentaban calmarme y las de Kas murmuraban por lo bajo, indignadas. Yo intentaba hacerles entender entre lágrimas que fuera las cosas eran mejor, que no volvería a ver a mis amigos, que antes era feliz y que ahora todo lo que yo conocía me había sido arrebatado. Yo susurraba entre sollozos el nombre de Havana y allí, en la oscuridad, nadie entendía qué manía tenía yo con salir ahí fuera, cuando el sitio correcto para una botella de Coca-Cola era el frigorífico, por lo menos mientras a alguien no le apeteciera beberla.

La oscuridad no duró mucho, porque la puerta del frigorífico volvió a abrirse enseguida y nos quedamos todas quietecitas mientras veíamos las luces de colores de fuera. Mis peores temores fueron confirmados cuando sentí los dedos de Ricardo como aquella primera vez. Y como aquella vez me agarró, me sacó de la cámara y me dejó en la barra. Yo busqué a Havana con la mirada y me sorprendió verle tranquilo, con su pose de siempre y una sonrisa feliz. Ricardo volvió con el abrebotellas y de un tirón me arrancó la chapa. Yo no pude evitar soltar unas pequeñas burbujitas de placer, ya que la sensación de libertad y desahogo me gustó. Pese a mi resistencia a abandonar la botella, consiguió verterme en un vaso de tubo y a partir de ahí todo cambió.

Primero sentí el frío del hielo, que me dio tiritera, ya que yo llevaba varias semanas a temperatura ambiente y ya no estaba acostumbrada. Tras la primera sensación de frío, me di cuenta de que había algo más en el vaso y casi me pongo a llorar otra vez al reconocer a Havana, flotando entre los hielos, mezclándose conmigo, acogiéndome con el calor de su alcohol y su aroma, con su voz tranquilizadora. Y pensé, esto es lo más cerca que estaré de él, pero por fin somos uno, aunque no sepa nunca cómo es que te besen.

Entonces, ocurrió. Por fin. Después de tanto tiempo esperando. Los que nos había pedido eran una pareja jovencita, los cuales después de beber cada uno un trago de nosotros, se besaron. Y lo sentí. Todo. Como si yo fuera la chica de mis sueños, de cuerpo escultural y Havana fuera el chico que me tomaba en sus brazos. Sentí primero el aliento de ambos, Havana y yo estábamos en sus bocas. Como si fuéramos ellos, noté la textura suave de la piel de sus labios, noté como ella abría un poquito la boca y como él acariciaba suavemente con la punta de su legua su interior. Me convertí en ella y Havana en él y notamos nuestros propios sabores, nos olisqueamos, nos perdimos en una espiral de pasión, sentía que la cabeza me daba vueltas y yo me abandonaba cada vez más a aquella espirituosa orgía y caía embriagada de él, sus lenguas se entrelazaban y con ellas nosotros o lo que quedaba de nosotros, hasta lo más profundo, hasta casi no poder soportarlo más. Disfruté del momento como jamás había disfrutado con nada, sentí la felicidad en todo mi ser, como nunca la había sentido, bailé a su alrededor, me agité con él, éramos uno. La unión perfecta. Cubalibre.